IMÁGENES, ESPACIOS Y PRÁCTICAS DEVOCIONALES EN
UN RÉGIMEN PENAL DE SEMILIBERTAD
Images, Spaces and Devotional
practices in a Penal Regime of semi-freedom
Sebastián
Mulieri
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)- Centro de Estudios e Investigaciones Laborales (CEIL).
ORCID ID: 0009-0004-1889-6738
mulierisebastian@gmail.com
Abstract: This article examines
the relevance of the images-altars located in an open penal institution in
Buenos Aires, Argentina. The main problem lies in understanding how these
images are the result of the pragmatic spirituality of individuals who are in
the final stage of their sentences. Therefore, it reconstructs the
institutional principles that allow interpreting the control over what, how and
where these images can be located, and describes the strategies used by inmates
to maintain their devotional practices. Through a socio-anthropological
approach, this study analyses the levels of relative creativity with which
these productions are carried out and how they are integrated into an
articulated repertoire of meanings, classifications and moral boundaries. In
addition, it examines certain disputes regarding the moral regulation of
religion, which are related to a particular form of visual presentation in
space that strengthens the connection between the established order and
Catholicism. Finally, it argues that institutional morphology is associated
with ambivalent patterns of classification, distinction and evaluation.
Keywords: Aesthetics, Morality, Gauchito Gil, Semi-Freedom, Materiality
Resumen: En
este trabajo se examina la relevancia de las imágenes-altares ubicadas en una
institución penal de régimen abierto en la provincia de Buenos Aires,
Argentina. La problemática principal radica en comprender cómo estas imágenes
son el resultado de la espiritualidad pragmática de los individuos que se
encuentran en la etapa final de sus condenas. Por ende, se reconstruirán los
principios institucionales que permiten interpretar el control sobre qué, cómo
y dónde pueden ser ubicadas dichas imágenes, y se describirán las estrategias
utilizadas por los reclusos para mantener sus prácticas devocionales. A través
de un enfoque socio-antropológico se analizan los niveles de creatividad
relativa con los que se llevan a cabo estas producciones y cómo se integran en
un repertorio articulado de significados, clasificaciones y fronteras morales.
Además, se analizan ciertas disputas en torno a la regulación moral de lo
religioso, las cuales se relacionan con una forma particular de presentación
visual en el espacio que fortalece la conexión entre el orden establecido y el
catolicismo. Por último, se argumenta que la morfología institucional se asocia
a patrones de clasificación, distinción y evaluación ambivalentes.
Palabras
clave: Estética, Moralidad, Gauchito Gil, Semi-libertad, Materialidad
Introducción
A lo largo de este artículo me propongo reflexionar sobre las imágenes del Gauchito Gil que se encuentran pintadas en un centro de detención penal de semi libertad para jóvenes adultos situado en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). Desde un enfoque etnográfico y diseño cualitativo, se analizarán las prácticas y sentidos que gravitan sobre las pinturas-altares realizadas por los internos, como también se buscará interpretar la relevancia de estas dentro del sistema de mercancías religiosas de producción masiva que se encuentran distribuidas dentro de la institución. Al mismo tiempo, analizando registros fotográficos y datos cualitativos se pretende identificar y conocer cómo se construyen fronteras espaciales y morales a partir de la distribución de los objetos religiosos. Teóricamente, este trabajo propone un abordaje socio antropológico de la religión en contextos de encierro (Míguez, 2012; Brardinelli y Algranti, 2013; Manchado, 2016; Gialdino, 2017; entre otros). También operacionaliza e integra conceptos tanto de los estudios sobre materialidades religiosas (Algranti, 2015; Menezes, 2011; Puglisi, 2018; Puglisi y Ceriani Cernadas, 2021; entre otros) como de moralidad (Noel, 2012). En este marco, el artículo se organiza en tres secciones. La primera proporciona una descripción e información sobre las características morfológicas de la institución, el proceso penal y expone las categorías de análisis a utilizar. La segunda, analiza las imágenes-altares y explora más a fondo los significados relacionados con las prácticas de mantenimiento llevadas a cabo por los devotos del Gauchito Gil. La tercera sección examina cómo estos significados y experiencias se relacionan con ciertas lógicas morales que orientan comportamientos sociales y con la producción-reproducción de fronteras espaciales. Finalmente, en la conclusión se revisan los aportes y se presentan los resultados provisionales de nuestra investigación.
Respecto de la metodología, el trabajo etnográfico se
realizó durante el 2019 e implicó la observación participante en diversas
actividades dentro y fuera de la institución, con el fin de comprender el
sentido de la religiosidad en esta modalidad de sanción. Esto permitió acceder
a las redes institucionales y conocer con detalle la tarea diaria llevada a
cabo por el equipo de gestión en el “territorio”, que tiene por objetivo
manifiesto fomentar procesos de “progresiva autonomía” en los jóvenes
detenidos. Durante el transcurso de la investigación, se tomaron notas de campo
descriptivas y analíticas, como también se hizo registros fotográficos, se
accedió a fuentes secundarias, se indagaron documentos institucionales y se
realizaron entrevistas semi estructuradas a los internos. Este artículo se basa
en una selección de esos registros para conocerel potencial de algunos objetos
para condensar acciones y significados, convirtiéndolos en elementos clave para
el estudio de las expresiones religiosas (Menezes, 2011).
Institución, actores y categorías
El centro de detención penal tiene un
régimen de vida de semi libertad donde conviven 16 jóvenes adultos que se
encuentran en la “fase” final de sus condenas, también conocida como “etapa de
pre-egreso”. Antes de ser beneficiarios de este régimen de vida, los internos
estuvieron detenidos en un centro penal de “régimen cerrado”. El promedio de
duración de esta etapa es de un año aproximadamente, dependiendo de la
situación procesal, la carátula y de la evolución conductual previa, entre
otras variables relativas al Juzgado donde reside la causa (1). Al ser beneficiarios de estas medidas y artículos judiciales, en
esta nueva fase se les permite acceder a ciertas actividades sociolaborales y a
talleres de capacitación en oficios que la institución ofrece. La institución
está emplazada en una zona de creciente urbanización popular, posee cuatro
habitaciones usadas por los internos, una cocina, un taller, un comedor, un
salón de usos múltiples, un patio, dos oficinas administrativas, un hall
principal de entrada, un sector de control denominado “pecera” tres sanitarios
con duchas y uno simple. La estética y organización edilicia fue pensada para
que sea un espacio de alojamiento transitorio distinto a un penal ordinario, un
espacio que sea funcional a los objetivos de convivencia, al “trato”, al
“tratamiento” y a los fines de una mayor circulación ambulatoria, similar al
medio libre. A diferencia del resto del recinto, las paredes de las
habitaciones tienen inscriptas diversos tipos de proclamas, como, por ejemplo, “entre chorros me críe, entre balas moriré
pero te juro viejita mía jamás te olvidaré”. La distribución estrecha del
recinto de alojamiento y la organización de las tareas administrativas que
realizan los trabajadores se justifican en promover actividades fuera de la
institución que pongan a prueba la “progresiva autonomía de las personas
alojadas”. Por ello, las áreas de salud, educación y trabajo social se ocupan
de la generación de “redes interinstitucionales” con el fin de garantizar el
servicio de formación y salud en dependencias públicas municipales o
provinciales. Con lo cual, con la autorización de las autoridades, una parte
significativa del tiempo los internos están fuera de la institución realizando
diversas tareas, asistiendo al tratamiento psicológico, al dispositivo de
abordaje en adicciones o trabajando, en caso de tener algún empleo o “changa”.
Cabe aclarar, que el tiempo de duración de los trayectos hacia esos destinos
está controlado y cotejado por el personal policial de custodia y por el de
“trato”, además tienen prohibido desviarse de esos trayectos y visitar a sus
familias, novias; etc. Como todo régimen de vida penal, hay un sistema de
faltas y sanciones legalmente establecidas para disuadir de desviarse de estos
trayectos y visitar a sus familias, novias, etc. Por ejemplo, si en reiteradas
oportunidades el interno se demora y sobrepasa demasiado el margen de
tolerancia previsto se da un aviso de “fuga” a las fuerzas de seguridad.
La estructura de relaciones es dual dividiéndose entre
administrados-administradores y las interacciones cara a cara pueden
considerarse fluidas. Atentos a esta variable, a lo largo del trabajo de campo
y en
diversas situaciones intra y extramuros (por ejemplo: audiencias,
conversaciones informales sobre temas de actualidad y designación de tareas)
logramos evidenciar el “trato” interpersonal entablado entre el equipo de
dirección con la totalidad de los internos. A
diferencia de una institución total (Goffman, 2012, pp. 120-131) donde hay una
distancia social mayor aquí se presentan relaciones más próximas con tratos más
personalizados, benévolos que producen una forma de dominación eufemizada que
no acentúa tajantemente la asimetría de rol. Este marco, sugiere que tanto el
director como el subdirector del penal actúan con llaneza y cordialidad como
una estrategia para lograr que los internos se adecuen a las pautas de buen
comportamiento esperado. Paralelamente, para transitar de un sector a otro y
para ingresar o salir de la institución no puede decirse “dar paso” como sí se
hace en un régimen cerrado. Según el director, con esta “política” se intenta
“romper con la lógica tumbera” y solo se permite decir “abrir o cerrar, como en
una casa”. De este modo, el diseño del espacio físico, la estructura
institucional y la organización de las tareas cotidianas pretenden guardar
correspondencia con los hábitos funcionales de rehabilitación, las coordenadas
temporales y las acciones racionalizadas de integración social.
De todas las redes mencionadas, destacamos la red entablada
con Cáritas y con la Iglesia, ya que son indicadores que nos permite observar
otro aspecto del fenómeno religioso en la institución. Con la asistencia a las
reuniones con Cáritas tuvimos la posibilidad de conocer el trabajo de
“articulación”, con lo cual observamos el trabajo que desde allí se hace con el
barrio, con instituciones intermedias y con la Pastoral de la Misericordia que
articula con el Patronato de Liberados de la región. En Cáritas los internos
realizan actividades mensuales de mantenimiento del jardín, son beneficiarios
de un taller y asisten a alguna charla sobre “salud y cuidados”. Si bien
sostienen relaciones, según lo referido por las personas consultadas, por
problemas de salud el Cura Párroco no asiste a ninguna actividad dentro de la
institución. En cambio, una vez a la semana asisten cuadros medios de la
Iglesia Universal del Reino de Dios “para predicar la palabra”, leer versículos
y facilitar mercancías religiosas (ver figura 1) a los dos internos que
congregan en esa iglesia.
Figura 1. Bolsita que
contiene una sustancia de color rojo, la cual fue entregada a los internos
hermanos en Cristo. Esta sustancia simboliza la sangre divina de Cristo y fue
entregada con el propósito limpiar los pecados, como una expiación (fotografía del
autor).
Así las cosas, los santos populares, el evangelio, la
sangre de Cristo, los tatuajes son expresiones que manifiestan las creencias,
carismas, milagros y ritos distintos que conviven en un proceso penal,
enmarcado en una pluralidad religiosa a escala macro sociológica. Como se verá
más adelante, este conjunto variopinto de manifestaciones
complejas —muchas veces contradictorias, difusas y opuestas— resultan de una
pragmática cultural por la cual los significados son “socialmente definidos en situaciones concretas, donde se enunciaron
posicionamientos religiosos e ideológicos/políticos insertos en un repertorio
mayor de representaciones colectivas, guiones culturales y categorías morales
que fueron recreadas en la acción práctica” (Ceriani Cernadas, 2017ª,
p.80).Esta pragmática se inscribe dentro de la matriz de una religiosidad
popular (Ameigeiras, 2008) más amplia, vital y persistente que se manifiesta y
se vive de un modo singular en el proceso penal, constituyéndose en un recurso
ineludible para lo cotidiano.Esta manifestación pragmática y contextualizada
dialoga con otras expresiones que tienen lugar en los contextos de encierro de
la Argentina (2), y nos ayudan a comprender cómo la mediación religiosa cobra valor por
ser el momento y el lugar en el que se actualiza la propuesta alternativa de lo
real (Brardinelli y Algranti, 2013).Estos contextos de detención evidencian una
flexibilidad que les permiten instrumentar las prácticas religiosas para
reproducirse sin dejar de actualizarse (Algranti, 2016a). Siguiendo estas premisas, en nuestro caso, las formas de autoridad y las relaciones de dominación que
rigen la institución se recrean en la
producción de límites espaciales entre una religiosidad pública y una suerte de
“moral clandestina” (Míguez, 2008,
pp. 181-195) (3).
Con relación a lo dicho, los
registros fotográficos tomados durante el trabajo de campo nos permitirán mostrar la relevancia que tienen la materia y lo visual para
captar los sentidos que dan forma a la experiencia religiosa en el proceso de semi
libertad. Cabe aclarar, que las imágenes pintadas
(ver figuras 1, 2 y 3) se encuentran en un sector de las habitaciones, miden
aproximadamente 70 de alto por 50 centímetros de ancho y como puede
apreciarse están pintadas con materiales escolares
como lápices, crayones y acrílicos de forma muy rudimentaria.
Figura 1 (fotografía
del autor).
Figura 2 (fotografía
del autor). Figura
3. Cabe señalar el detalle superior derecho
de los 5 puntos que significan
muerte a “la gorra” (fotografía del autor).
Además, la resolución del dibujo es imprecisa respecto de la imagen iconográfica dominante del santo que circula masivamente en banderas, estampitas, esculturas y pasacalles. Según la información brindada por la totalidad de los informantes consultados, cronológicamente “las imágenes del gaucho ya estaban ahí” antes de que ellos “llegaran” a estar alojados en la institución, y una de las trabajadoras sociales que presta servicio allí hace siete años estima que “una de las imágenes ya estaba pintada antes de que comience a trabajar”. De hecho, no logramos dar con ningún agente institucional que permita precisar con mayor rigor la datación de estos murales-altares, ya que muchos de ellos no tienen una antigüedad mayor a siete años. Paralelamente, en el hall de ingreso a la institución se encuentra colgadas una figura blanca de la Virgen María y otra pequeña a su costado, ambas están ubicadas cerca de una placa inaugural, robusta y de bronce fundido. Cuando consulté al personal sobre el tiempo que lleva emplazada ahí, en forma unánime las personas consultadas sostuvieron que “están ahí desde siempre”, “desde que fue inaugurada” la institución a principios del siglo XXI. Las imágenes que aparecen más abajo en formato de estampitas de santos católicos de raigambre popular y de Cristo se hallaban repartidas en lugares relevantes de la institución, tales como las oficinas administrativas, dirección y en la “pecera” o habitación vidriada desde donde se realizan las tareas de custodia. Incluso, uno de los custodios afirmó ser seguidor de San La Muerte y entusiastamente me enseñó las marcas dejadas por las velas y los agujeros en la pared del salón donde había un santuario dedicado a San La Muerte. Además, me señaló una inscripción de San La Muerte que había sido plasmada rústicamente en una de las habitaciones. En este enfoque, nuestra suposición epistemológica considera las imágenes como pruebas que condensan la dimensión histórica y contemporánea de ciertas “estéticas de pertenencia” (Ceriani Cernadas, 2017b) y nos brindan una ruta privilegiada para comprender los sentimientos devocionales de un sector de la población carcelaria. El análisis de la ubicación de las imágenes y objetos nos permitirá comprender la construcción de fronteras morales a través de marcadores que intervienen en la organización del espacio institucional.
Por otro lado, como mencionáramos, hemos entrado en contacto con otra forma de religiosidad popular menos destacable material e iconográficamente. Carlos, uno de los internos, me refirió con énfasis que recientemente aceptó a Dios y que “congrega” en la Iglesia Universal. Incluso, otro interno me comentó que asiste ocasionalmente a las reuniones junto con Carlos para “de vez en cuando adorar y recibir la bendición de Dios”. Paralelamente, con el tiempo nos resultó curioso que dentro de la oficina de “equipo técnico” y de “tratamiento” no haya ninguna imagen o estatuilla católica, pero en varias oportunidades logré oler Palo Santo en el ambiente y registrar que dos jóvenes trabajadoras sociales lo encienden y agitan frecuentemente. Al consultarles por los motivos, con una actitud optimista ambas me respondieron que lo hacen para combatir las “malas energías que hay acá [refiriéndose a la institución]”. A la vez, alegaron no creer “en ninguna institución religiosa ni en el Dios católico”.
En sintonía con lo
que se viene describiendo y con las categorías expuestas para modelizar la
morfología institucional, resulta relevante reponer —grosso modo— algunas
características centrales de las concepciones que tienen los detenidos sobre la situación de semi
libertad ambulatoria que están cursando. Varios de ellos fundamentaron con malestar que la situación
es “muy difícil” dado que “estás en un intermedio” porque, según Ricky “salís a
trabajar o estudiar, estás en la calle, pero
después volvés para acá porque seguís en cana”. Esta difícil condición de
umbralidad es decisiva en el proceso penal, en el cual lo que “más importa es
ganarte la libertad, salir de acá”, “ganar la calle haciendo la tuya sin
comprar ningún berretín, sin importar lo que hacen los otros”. Otro factor que
gravita fuerte en esta situación es el de visualizar y tener que afrontar el
desafío de volver al entorno social de referencia. Dependiendo de los hechos
que constituyen la causa penal y por el dictamen del Juez hay jóvenes que no
pueden volver a sus “barrios” por los conflictos y “broncas” que tienen con
otros jóvenes o con los familiares del “dagnificado” que podrían hacer peligrar
sus vidas y/o la de terceros. Paralelamente, el hecho de estar cursando una
“fase de pre-egreso” los presiona a tener que ir delineando un “proyecto de
vida alternativo al delito”, coherente con las máximas morales del discurso resocializador
(Mouzo, 2014). Incluso, la categoría émica de “tentación” aparece movilizada en
múltiples ocasiones para referirse no solo a las ganas de “fugarse” sino
también al impulso de “agarrar la calle de nuevo [delinquir]” como también de
volver a “caer” en el consumo de drogas. Otra fuente de tensión es la certeza
de saber que se vuelve a un contexto urbano desfavorable, con la sensación de
“volver sin nada” concreto para combatir la situación económica apremiante, y
por ello, se sienten proclives al delito. Hay más, cabe destacar que, en
contraste con un régimen cerrado o restrictivo, donde el recluso se encuentra
aislado en su pabellón y celda, en esta situación, las condiciones
arquitectónicas, el tránsito ambulatorio y las actividades diarias fomentan una
convivencia basada en una exhibición pública, en la cual las evaluaciones
morales, la tipificación y el control del comportamiento son constantes. Esta
variable podría explicar el esfuerzo performativo de los jóvenes por mostrarse
en conformidad con las reglas.
Otra fuente de inestabilidad y ansiedad de las personas
alojadas se vincula al hecho de incumplir el régimen de vida y “bardear”
gravemente, cuestión que los haría retroceder de “fase” implicando un traslado
al régimen cerrado. De hecho, durante el tiempo que asistí para realizar el
trabajo de campo se había logrado fugar un interno recientemente trasladado
allí, y según la opinión de uno de los devotos con quien pude producir mayor rapport, este “ingreso” “no había
bancado la presión de ver la calle tan cerca”, porque “después de pegarle una
fecha [estar varios años cumpliendo condena] en un cerrado te trasladan acá, te
querés ir porque es muy fácil irse, te tira la calle, todo, las ganas de estar
con tu familia”.
En este escenario, en casos muy puntuales, debe sumarse el
peso de las estrategias de saboteo de los agentes institucionales (alterizados
como la “policía” y “gorra”) que les “hacen la guerra” y les “tiran la sucia
[una causa]” a los internos desobedientes. En suma, cabe advertir que todos
estos posibles problemas deben ser rigurosamente probados con datos y
evidencias. A pesar de ello, todas las desviaciones del “buen camino” hacia la
seductora “tentación” pueden ser razonablemente ejecutadas sin ser notadas ni
denunciadas públicamente. Eso dependerá parcialmente de las estrategias de
adaptación al contexto, los diferenciales de poder, las astucias y la
performance individual. En diálogo con lo planteado por Romero Miranda (2019) respecto de que la
prisionización no responde a un proceso unidimensional, decimos que el régimen
abierto no afecta de igual modo a todos los
internos y que en función de sus trayectorias y recursos tienen diferente
capacidad de acción.
Así las cosas, tanto la ambivalencia como la inestabilidad
son principios estructurales que adquieren nuevos matices en este modus vivendi que hacen que la
experiencia temporal del presente, del pasado y del futuro sea interpretada
como turbulenta, fantasmática y paradojal. A diferencia del régimen cerrado,
ahora el interno se encuentra de lleno con la dificultad de pensar y hacer su vida diferente al encierro. En base a la
experiencia de campo, esta dificultad pesaría más sobre quienes manifiestan
querer lograr una vida familiar “normal” que excluya la transgresión. Como
punto de entrada a nuestro posterior análisis, operacionalizamos la categoría
de fase liminar de Turner (1977)
Por todo lo expuesto y focalizando nuestra atención a la presencia de las imágenes del santo popular, cabe preguntarse, ¿Por qué, pese a los cambios de personal y administrativos, no se han tapado estos murales-altares? ¿Cuáles son los motivos institucionales y los principios morales implícitos que actúan en la preservación de estos? ¿Cuáles son los factores socioespaciales que actúan en este proceso de regulación? En los siguientes apartados vamos a intentar responder estas preguntas analizando los datos elaborados a partir del trabajo empírico.
Imagen-altar y
prácticas de mantención
Basándonos en los resultados de recientes investigaciones realizadas en sociología y antropología, la dimensión material y estética del fenómeno religioso destaca el poder de las imágenes, objetos y espacios como si las materialidades fueran la continuidad natural de las ideas religiosas y los sentimientos colectivos (Algranti, Ruffa y Monjeau Castro, 2020). Puglisi (2018) recalca la importancia que tiene lo material para encarnar lo numinoso y para producir y reproducir las creencias. En una línea similar, se encuentran los aportes de Irisarri y Viotti (2020) sobre los vínculos entre los sujetos y los objetos estéticos religiosos-espirituales, y los de Castro, Cueto y Eiman (2020) quienes indagan cómo la sacralización de los objetos se vincula a una decisión y disposición estético-decorativa, en donde la creatividad participa de la relación entre humanos y no-humanos.
Retomamos la categoría
nativa de “devotos” para denominar a los internos que entablan relación
devocional con el Gauchito Gil a través de las imágenes-altares y a quienes
realizan las tareas de mantención del pequeño espacio que las mismas ocupan
dentro de las dos “habitaciones” en las que se emplazan. Las tareas implican
“mantener” las partes despintadas con sus colores típicos, retocando la figura
y sus contornos con el fin de reforzarla
superficie, evitando corregir sus imprecisiones respecto del referente tomado
de las estampitas impresas. Por otra parte, hay que destacar que “la imagen del
gaucho” (ver figura 3) tiene ciertos componentes formales a detallar e
interesantes para interpretar. Debajo de la banda amarilla de la figura, pueden
apreciarse las firmas de los devotos que conforman un pequeño cuasi grupo
dentro de la población detenida que se encuentra actualmente “viviendo” o
“durmiendo” en esa habitación. En el marco de una conversación grupal al
consultar por la imagen pintada sobre papel, uno de los “devotos” me explicó
que la dibujó cuando estaba en el “engome de una celda” en un régimen cerrado.
En palabras de Juan: “este gaucho me viene acompañando desde hace una fecha
[mucho tiempo], me protegió y me sigue ayudando ahora, por eso lo pegué en la
pared”. Cabe acentuar, que esta imagen se encontraba colgada en la pared de la
habitación, del lado derecho de su cama y cuando lo interrogué por los motivos,
él muy naturalmente respondió: “para protección, para que me acompañe, me guíe”. Es imperioso destacar que, luego de varias jornadas,
retomé esta conversación a solas con Juan y me aclaró que la “protección es
importante para estar tranquilo”, dado que por las noches pueden “hacerte
maldades cuando estás durmiendo y no podés pestañar [distraerte]”. Extramuros,
esta función de “protección” es un poder bastante solicitado al santo, pero, en
el marco de este ámbito penal de convivencia forzosa, la función protectora
guarda correlato con los márgenes de incertidumbre y peligro típicos de la
dinámica de convivencia. Es decir, la imagen estaría vehiculizando los poderes
del santo produciendo un efecto apotropaico que aleja o conjura las “maldades”
y las posibles agresiones que puedan suceder durante el tiempo de permanencia.
En este orden, la relación de proximidad entre la imagen y el interno es
experimentada por Juan como la posibilidad de
“dormir al lado del santo”; cuestión que puede ser interpretada como una
relación de intimidad y de contacto nocturno con la fuente de poder sobrehumano
que tranquiliza, brindando protección frente a los rigores de la vida diaria.
En varias ocasiones diurnas, observé cómo esa relación proxémica tiene el plus
de facilitar la práctica devocional, ya sea tocando la imagen con la mano o
persignándose frente a ella, agradeciendo —a modo de retribución— los “favores
concedidos”. Esto dialoga ampliamente con el estudio de la “proxémica
sagrada” que realizan Puglisi y Ceriani Cernadas (2021, p. 88) en relación con
cómo la materialidad produce y reproduce lo sagrado, no solo como una
representación o un símbolo, sino como la presencia misma del santo. De esta
manera, la relación de protección, cuidado y reci
En el mismo contexto de conversación descrita, Paisa
-otro integrante del cuasi grupo de devotos- sostuvo
que cuando “estaba en la calle [en libertad ambulatoria]” construyó un santuario
para el Gauchito, al mismo tiempo que se tatuó su imagen en el brazo derecho.
Incluso, para reforzar sus dichos, me sugirió
consultar en su Facebook las fotografías publicadas sobre el santuario,
cuestión que logramos constatar posteriormente.
Por si fuera poco, también recomendó ver las fotos que hacía tiempo atrás había publicado su hermano “Mafi”
donde mostraba sus tatuajes de San La Muerte. Paisa
con mucha aflicción contó que su hermano
estuvo detenido seis años en una Unidad Penal y hasta el día de su muerte fue seguidor de San la
muerte. Al preguntarle sobre el trágico suceso, refirió que estando preso se
tragó un objeto metálico que le ocasionó una
infección. Posteriormente, al preguntarles
sobre los motivos por los cuales son devotos del Gauchito —rápidamente—Paisa tomó la
palabra y luego de varias explicaciones arrojó
una afirmación folklórica e interesante en términos antropológicos: “porque él
hacía justicia, era un justiciero pobre porque robaba y les daba comida o cosas
a los pobres, a los linyeras; ponele que él veía a un linyera en la calle con frío y le daba ropa y comida”. Juan, por su parte, enfatizó lo
mismo, pero precisó que: “ayuda [Gauchito Gil]
a los pibes, lo invocas y te protege y cumple las promesas”. Con estos
indicadores, más allá de la típica y valiosa función
de protección, podemos evidenciar una suerte de reconstrucción mítica que
manifiesta componentes de una moralidad relacionada a las prácticas delincuenciales o desviadas, tales como “salir de caño” o de “escruche [violar una
propiedad privada sin armas de fuego]”. Lo destacable de los dichos de Juan, sobre el supuesto origen del santo, es que pondera la idea
de una justicia que involucra la
redistribución de bienes y servicios para favorecer a personas que están en una
situación económica apremiante. E
En diálogo con lo
planteado, durante el trabajo de campo nos resultó llamativo que los “devotos”
optasen por “mantener” o “cuidar” esas pinturas ante la enorme cantidad de
estampitas, posters, banderas y mercancías que pueden adquirirse fácilmente
para ser ubicadas en esos espacios de las habitaciones. Al preguntarles por el
significado de ese cuidado, cada “devoto” por
separado respondió —con distinto énfasis— puesto que “tienen algo más” que las
hace “más chetas [más bellas]” que una bandera o poster “comprado”. Luego, al
consultarlos sobre qué repercusiones traería el hecho hipotético de que la jefatura institucional las borre,
repentinamente, algunos me respondieron que
“si las borran, vamos y le tiramos la bronca [quejarse]”. Pero, Paisa matizó
esa afirmación diciendo sin vacilar que “si las borran ya fue, te cabió, listo,
termina ahí, no voy armar bondi [contrariar]”. Juan sostuvo que,
en ese caso, mínimo te conseguís una “imagen comprada” o como máximo se vuelve
a pintar si “alguno de los pibes puede hacerla a mano”. Incluso,
“Quilmes” (apodo puesto por su procedencia barrial) sostuvo que no usa las
pinturas de los cuartos para “pedir favores” porque “ya tengo el mío tatuado”.
Hasta aquí, los datos coinciden en que las pinturas tienen “algo más” pero
también evidenciamos respuestas disímiles que nos permiten profundizar sobre el
carácter situacional, pragmático y relacional de las creencias. Si bien las
imágenes tienen un plus simbólico y emocional ligado a las pertenencias
devocionales y estéticas del cuasi grupo, ante una eventual y sorpresiva
borradura cada sujeto reaccionará de un modo u otro. Estas diferentes
estimaciones de costo-beneficio son coherentes con las reglas sociales que
rigen el proceso penal que mencionamos al comienzo. Puede reaccionarse con
bronca de forma inmediata o se la puede resignar, pero lo cierto es que
inmersos en esta situación de publicidad y monitoreo, los actos traen
consecuencias. En este proceso individualizado y asimétrico, donde gravita
fuertemente el proyecto de buscar “ganar” la libertad, ningún devoto se va a
inmolar por el hecho de que destruyan una imagen aun reconociendo que sería una
ofensa moral o una agresión indirecta hacia ellos. Incluso, el acto de
eliminarlas podría ser interpretado como una provocación deliberada para
perjudicarlos y degradar el buen comportamiento que el devoto viene cultivando.
La resignación al apego no conlleva renunciara la
praxis devocional, en tal caso, pueden recurrir al consumo de otras imágenes
más discretas como son las estampas dibujadas, estampitas industriales o
asistir a cualquier otro santuario para dejar una ofrenda, un cigarrillo como
una libación; acciones que son facilitadas por el régimen abierto. La fidelidad
y el apego a los emblemas no son homogéneos ni estables y los dibujos del santo
están amenazados por el cambio.
Sobre la base de los datos expuestos, es factible inferir
que tanto las prácticas de producción como de conservación pictórica son formas
de reciprocidad de los devotos con el santo. Para continuar con el análisis,
estas acciones pictóricas serán comprendidas como prácticas de sacralización. En palabras de Martin (2003, p. 77): “Lo sagrado, entonces, puede ser definido
como una textura diferencial del mundo-habitado que se activa en momentos
diferenciales y específicos y/o en espacios determinados, y que, lejos de
existir de forma abstracta o con un contenido universal, es reconocido y
actuado por los nativos en diferentes situaciones”[…] “propongo entender los
gestos comprendidos bajo el concepto de religiosidad popular en términos de
prácticas de sacralización: los diversos modos de hacer sagrado, de inscribir personas,
lugares, momentos, en esa textura diferencial del mundo-habitado”.
Operacionalizar esta herramienta fructífera nos ayuda a
profundizar sobre la capacidad de los jóvenes de inscribir y de hacer lo
sagrado bajo las diferentes condiciones intra y extramuros que venimos
describiendo, como también puede ampliar nuestro conocimiento sobre los modos
objetivos de habitar provisionalmente los espacios de creencias dentro del
recinto penal. Al mismo tiempo, inferimos que las imágenes tienen relevancia por
dos razones, por ser sustrato y vehículo de las prácticas de sacralización —con
efectos diferenciales en los internos—y por el hecho de estar operando como
marcadores espaciales en la dinámica profunda de construcción de fronteras. Las
imágenes participan, junto con otros objetos espiritualmente marcados
(Algranti, 2018) y con fuerzas inmateriales, de un entramado de relaciones
causales. Bajo las condiciones ambientales referidas, este entramado moldea las
prácticas de sacralización de los interlocutores. En estas condiciones,
añadimos que la relevancia de las imágenes parece estar sustentada en los
procedimientos técnicos empleados para su fabricación y en las prácticas de
preservación que las mantienen con “vida”. En resumen, estas pinturas-altares
vehiculizan poderes espirituales cuya intensidad de afectación se sustenta en
los materiales usados, en la pericia técnica y en una estética que yuxtapone
prácticas de sacralización. Las prácticas de sacralización y las imágenes
guardan nexos significativos en la producción de lo sagrado. En base a lo
analizado hasta aquí, podemos arriesgarnos a interpretar que el carisma de la
imagen fortalece el trabajo individual de autogobierno que hacen los devotos
sobre sí mismos para sobrellevar la pena. Es decir, un trabajo de
racionalización del comportamiento para reducir los riesgos de la convivencia,
los malos tratos, la “tentación” de fugarse y mitigar la angustia para “salir
adelante” de este proceso liminal y así, “ganar la calle”.
Por otra parte, debemos detenernos en el análisis de las
apreciaciones estéticas para comprender algunos supuestos básicos que orientan
el gusto por las pinturas murales y para profundizar sobre la dimensión
expresiva de las prácticas de sacralización. Cabe preguntarse pues, si
realmente existe algún tipo de apreciación estética sobre la calidad técnica y,
en tal caso ¿Cuál sería el sentido del gusto que orienta la apreciación
estética de estos devotos? En base a la experiencia etnográfica, los internos
no reconocieron explícitamente algún tipo de virtuosismo técnico o pictórico
que les haya exaltado al momento de presenciar las pinturas. Lo que lograron
reconocer francamente fue la precaria técnica y la baja calidad de los
materiales con las que están fabricadas. Incluso, todos los individuos
consultados asumen confiadamente que fue un “pibe” o un “fiel” quien las pintó.
Más allá de esta última afirmación, consideramos que existe un anonimato que
evidencia el carácter colectivo, sucesivo y transitorio de todos los actores
que cuidan las imágenes; preservación que depende de quién tenga mayor
virtuosismo en la técnica del dibujo o simplemente, de que algún pibe “se
anime” a dibujar. Por todo, afirmamos que la apreciación de las imágenes del
santo está orientada por un sentido del gusto situacional, ambivalente y
pragmático, dado que lo imperante es reforzarlas para “hacer que duren” ante el
tiempo y que las prácticas de cuidado —que son a su vez prácticas de
sacralización— sean ejecutadas con los instrumentos que se tienen al alcance
inmediato. Como dijimos al comienzo, estos recursos materiales son crayones,
lápices, temperas, esmalte sintético y fibrones. Reconociendo que el Gauchito
“no está bien dibujado” y que pudiendo poner una bandera, poster o estatuilla
de mejor calidad o “más flama” ellos prefieren mantener “vivas” las dos
pinturas porque “las hizo un pibe”; según lo expresado por Paisa: “la hizo uno
de nosotros”. Entonces, las prácticas de cuidado no pretenden ser sofisticadas
técnicas pictóricas por las cuales corregir la
mala copia. Más bien, “cuidar” se manifiesta como una consagración particular y
adecuada, que renueva la devoción por las cualidades excepcionales, al igual
que revitaliza los vínculos grupales y las clasificaciones espaciales. En este
sentido, estas prácticas encierran valoraciones morales flexibles que emergen
de un imaginario difuso que se renueva y fortalece en los encuentros sociales
cara a cara. Así como ocurre con los individuos, hay una serie de objetos
clasificados moralmente que representan al cuasi grupo y que, además, se
insertan en un sistema de objetos espiritualmente
marcados que vehiculizan la experiencia numinosa.
Además de considerar que los murales pueden ser
comprendidos como símbolos o señales que recrean y refuerzan maneras de
categorizar grupos y espacios, es importante reconocer que estos murales no se
reducen a meros portadores y medios de expresión de creencias. Los murales
altares no solo encarnan el poder del santo, sino que objetivan los modos
históricos de hacer lo sagrado por parte de un “pibe”, como también las
prácticas y sentidos de los devotos que actualmente las mantienen con vida.
Luego de analizar palabras y acciones, las imágenes y los pequeños espacios
santuarios que ellas configuran, se sugiere que los objetos no estarían alienados
de su propia historia; por el contrario, son objetos que cristalizan
sentimientos y representaciones colectivas. Como resultado no buscado de la
acción de los devotos, poniendo en relación imagen y contexto, interpretamos
que la práctica de restaurar o “mantener al gaucho con vida” implica una manera
de perennizar y recrear tanto la memoria como la devoción. Las imágenes
auráticas reúnen tiempos diversos que se interpenetran en una misma presencia.
Como fuimos apreciando hasta aquí, la clave para comprender la relevancia de
estas imágenes reside en las peculiares condiciones de detención y en los
valores de la subcultura delictiva, donde irrumpen las cualidades imperfectas
de una copia inscripta en la pared.
Hasta aquí el objetivo fue abordar los sentidos religiosos
y apreciaciones estéticas locales vinculadas con las prácticas de producción y
mantenimiento que realizan los devotos. A continuación, estos sentidos y
experiencias sensibles se pondrán en relación con los repertorios morales que
regulan los comportamientos sociales y la producción-reproducción de fronteras
espaciales.
“Nosotros no las
borramos”: moralidad y lógicas espaciales
Para
indagar en profundidad cómo los actores justifican sus posiciones y
comportamientos asumidos frente a lo sagrado es preciso conocer los repertorios
morales (Noel, 2012) usados para imponer, impugnar o respetar las
clasificaciones y los limites espaciales. El primer dato que tenemos nos
informa sobre la posición del director, ayudándonos a comprender cómo él evalúa
y clasifica las imágenes pintadas del Gauchito Gil. Teniendo en cuenta su
manifiesta adscripción a la religión católica lo hemos interpelado sobre el
sentido de las imágenes y sobre la posibilidad de borrarlas. En una primera
instancia, sostuvo que “esos tipos de imágenes están prohibidas” y que “no está
de acuerdo” con las mismas porque son “tumbeadas”; valoración moral que dentro
del argot se refiere a todo aquello
que es percibido como indebido, bajo, marginal y también a lo que es moralmente
desagradable. A pesar de esto, en una segunda instancia de consulta, el
director refiere que él se las “permite tener” porque “si se las borras es para
quilombo, rompen las guindas [los internos]”. El hecho de no borrarlas se
sustenta en que “están en los cuartos y es el espacio de ellos y no las ven las
visitas de las fiscalías, asesores, secretarios de jueces” es decir, no están a
la simple vista de los profesionales del Poder Judicial que cada tanto visitan
la institución para evaluar las condiciones edilicias y para entrevistar a los
detenidos. Luego, apelando a su creencia católica, se le preguntó si sacaría
las estatuillas de las vírgenes que están en el hall de ingreso y respondió que
“no, porque están lindas, quedan bien y acá la mayoría somos católicos”. Para
reforzar estas justificaciones, también hizo hincapié en el sentido arraigado e
instituido de las figuras de las vírgenes: “siempre estuvieron ahí [desde que
se fundó la institución] y además en todos los penales hay como estas”.
Inclusive, hizo mención a la relación que entabla “su institución” con Cáritas
como algo necesario para “trabajar en red” y para que los internos puedan
realizar tareas de asistencia comunitaria. Estas justificaciones de tipo
administrativas y de gestión podrían estar conectadas con un sentido común más
generalizado de raigambre católica-popular. Por ello, la presencia de las
estatuillas de las vírgenes que identificamos apenas ingresamos por la puerta
principal de la institución, podría explicarse por el principio de clasificación
que define lo que es legítimo de ser mostrado y lo que no. Paralelamente, cabe
destacarse que el director también afirmó que las imágenes y la devoción de los
internos hacia el Gauchito “les brinda apoyo” y los “fortalece”, por eso las
acepta. Esto implicaría una postura ambivalente hacia el santo, que posee una
doble interpretación: por un lado, el director desacredita las imágenes por
considerarlas “tumbeadas” pero, por otra parte, las valora, ya que fortalecen
los procesos de “cambio” vinculados a los valores convencionales de la
sociedad. Al ser una postura ambivalente, la apreciación podría moverse de un
parámetro a otro, según las circunstancias (4).
La eliminación de las imágenes puede ser interpretada como
un acto desacralizador que reclasifica el espacio. Así pues, con base en lo
expuesto en los otros apartados, podemos inferir que tanto los internos como el
director estarían reconociendo que dentro del sistema de objetos sacralizados
hay jerarquías y posiciones establecidas donde las imágenes del santo se ubican
de forma subordinada en lo que se refiere a lo normal y aceptable. Por ende,
esta forma de clasificación abstracta e implícita se estaría objetivando en la
marcación del espacio y en la jerarquización de lo que debe ser visible. Estas
jerarquizaciones nos permiten tener otra vía de acceso indirecta al entramado
de poder fluido, contradictorio y ambiguo que regula los regímenes de
visualización de lo sagrado en un mismo espacio institucional.
Ahora bien, la legitimidad de tipo racional-burocrática que
detenta el director y la sobre entendida apoyatura en el valor dominante e
instituido que se atribuye al panteón católico no son fuerzas de alcance
absoluto. Es decir, la posición y el valor de mando que fundan la magnitud de
las decisiones administrativas sobre los espacios encuentran ciertos límites,
ya que no es equivalente administrar y tomar decisiones en los espacios
públicos de mayor visibilidad (hall de entrada, oficinas administrativas,
“pecera”, cocina, comedor, etc.) que en los espacios que son percibidos como
privados y que pertenecen, circunstancialmente, a los internos. Las
habitaciones, al ser clasificadas como espacios privados, imponen principios y
límites morales que obligan al director a negociar y ceder. Entre otras cosas,
mientras que él no ofenda estos principios borrando las pinturas integradas a
los repertorios de los devotos, posiblemente se mantendrá —junto con la
cooperación de los “jefes de guardia” y los profesionales— una gobernanza
basada en un respeto recíproco y ambiguo hacia las cosas sagradas. Esta lógica
eufemizada de las relaciones asimétricas se explica por la categoría nativa de
“diplomacia” que utilizan los internos y el personal. Todas estas tensiones relacionadas con
los espacios y con las formas de “diplomacia” y “respeto” ¿no encubren otras
preocupaciones? El hecho de no borrar las pinturas ¿está relacionado con un
temor implícito a ser castigado por el santo?
En la dinámica institucional, los repertorios disponibles
son recreados de manera pragmática durante las interacciones diarias y también
se hacen evidentes en las estructuras espaciales. Además, los repertorios
morales otorgan a los individuos identificados como “católicos”, evangélicos,
“devotos” y no creyentes un estatus social ambivalente que se ajusta en parte a
la estructura institucional. En términos generales, esto implica que, en el
caso de los “pibes” que cumplen el rol de internos, deben participar
adecuadamente en las actividades institucionales de manera “responsable”,
respetando las normas formales de “no involucrarse en peleas”, “no consumir ni
entrar drogas”, “no cometer delitos” y demostrar “respeto hacia las
autoridades”. Los internos esperan de los trabajadores que no los presionen ni
les falten el respeto (“verduguear”) frente a otros “pibes”, que la “gorra no
haga la guerra” y que no los “empapele” (5). Al final del día, estas posturas
contradictorias se complementan en la medida en que ambas buscan sustentar el
orden sin causar demasiados “quilombos”. Estos comportamientos, relativamente
deseables y necesarios, se objetivan en una convivencia con diferentes grados
de subordinación y sumisión al ideal de resocialización. Estos niveles
similares de sumisión se corresponden con un ejercicio frágil y negociado de
dominación que no puede basarse únicamente en la coerción, de manera similar a
lo descrito y analizado en diversos estudios sobre contextos de encierro. Por
lo tanto, la política de respetar y no destruir las pinturas “tumberas” del
Gauchito Gil está en consonancia con estas normas de convivencia y repertorios
morales que regulan la interdependencia mutua de los grupos. Es necesario
destacar que los interlocutores leales al Gauchito no me han expresado ninguna
objeción con respecto a las representaciones de los santos católicos y las
vírgenes, ni han vinculado esas representaciones como parte de una estrategia
de control, ni las han asociado a la creencia del director. Al contrario,
cuando se les consultó sobre el tema mostraron temor y respeto, relacionando
esos objetos con el poder del santo como intermediario de Dios. Pero los dos
internos “discípulos de cristo” se mostraron indiferentes hacia esas prácticas
de sacralización, ya que “la cultura
material del evangelio se encuentra gobernada por un conjunto de reglas y enunciados
alternativos, cuya idea rectora es la crítica protestante a todas las formas de
idolatría y fetichismo” (Algranti, 2015, p. 26). Para ambos, estas reglas y enunciados
fuertemente contextualizados implican la creencia en el poder de la palabra de
Dios para “restaurar” la vida trascendiendo esta fase del proceso penal. Para
matizar más las formas de tipificación y categorización social, estos dos
“pibes cristianos” ni siquiera son tildados de “hermanitos”, tal como sucede en
los regímenes cerrados (Brardinelli y Algranti, 2013; Manchado,
2017; entre otros). En este estado ambiguo, las taxonomías no poseen igual
poder clasificatorio, resultando menos precisas. Con sus matices y distintas
particularidades, todas estas definiciones de la realidad y del espacio
reflejan la interpretación intersubjetiva que los actores hacen de las
condiciones institucionales. Sin buscarlo deliberadamente, todas las
manifestaciones de espiritualidad mencionadas acaban siendo formas válidas e
imperfectas de integración institucional.
Como se mencionó previamente, si bien los devotos destacan
su conexión con las pinturas, en caso de que estas sean borradas, optarán por
“utilizar cualquier otra imagen”. Esto se debe a que la “presencia”, la
cercanía y la devoción son elementos indispensables que se alimentan de
cualquier medio o material de apoyo. Aunque los murales altares sean
importantes, la relación con el carisma del Gauchito no se limita a esas
producciones estéticas. A pesar de los obstáculos y limitaciones, es probable que
el imperativo devocional, sus experiencias y significados se impongan y se
transmitan a través de cualquier otra expresión cultural. Ya sea a través de un
tatuaje, un dibujo o estampa adquirida, se continuará con el ritual de tocarlo
y fumar varios cigarrillos frente a él. La naturaleza e intensidad de las
prácticas de sacralización es fluida y dependerá de cómo cada individuo
responda a los efectos de una prisionización ambigua y atenuada, y a la
adaptación a un entorno libre. Bajo la meta institucional de ir ganando
“progresiva autonomía” hasta obtener el estatus de “liberado”, esta liminaridad
genera coerciones, tensiones y movimientos intestinos con los que se debe
lidiar —haciendo uso de los recursos diferenciales que cada uno posee—.
Teniendo en cuenta este delicado umbral sociopenal, interpretamos que las
imágenes y las prácticas de sacralización se coproducen dinamizando las fuerzas
que vuelven deseable lo normativo en la institución. En algún punto las
pinturas auráticas son como un dispositivo que conjura la incertidumbre que
produce la inestabilidad de un adentro-afuera ambiguo. La lógica espacial de la
habitación junto con los objetos sacralizados son formas de protección,
espacios mínimos de limpieza, orden, de dignidad, de apego ínfimo desde donde
se puede ejercer control por lo “propio” y desde donde se puede reclamar, hasta
se puede luchar, pero esa lucha se efectúa de un modo más solapado, menos
cruento que en la institución total. Pero, advertimos que esto no debe
interpretarse como un arraigo o un apego a la institución ya que todos quieren
irse. En diálogo con los planteos de Rua (2016, p. 192) sobre las “construcciones socio espaciales en el
encierro”, aquello que les permite a los internos desarrollar un
sentimiento de pertenencia es que todos pretenden recuperar la libertad, su
familia y sus amores.
Las categorías sociales estructuran la percepción del
espacio, siendo experimentadas como si fuesen naturales y estimulan respuestas
fisiológicas (Douglas, 1988). Tal como se buscó evidenciar en este artículo,
hay tensiones porque existen expectativas divergentes sobre qué y cómo puede
ser visibilizado algo. Tensiones e impugnaciones imbricadas estrechamente con
la organización espacial, con las estrategias de adaptación y de control
institucional. Simultáneamente, las divisiones y clivajes sociales nos informan
del lugar físico designado a las imágenes numinosas, los objetos sagrados y en
dónde deben realizarse determinadas prácticas de sacralización. Por ello, es
lícito plantear que el espacio clasificado como “personal” o como íntimo dentro
de las habitaciones pone un freno inhibitorio, una frontera moral a ciertas
prácticas del gobierno institucional. Un límite que yuxtapone lo espacial con
lo moral pero que no es absolutamente infranqueable ya que las diferencias y
clasificaciones se construyen interactuando. Esta suerte de “respeto” por lo
personal y por la devoción de los internos lo concibo como una forma de
actualizar el ejercicio del gobierno. En pocas palabras, se estaría cediendo espacio
para desarrollar una vida institucional acorde a los estándares mínimos de
convivencia digna; cuestión que en última instancia perenniza la dominación y
el estatus de los subordinados. Concesiones y respetos que no son efectuados
como meros actos de bondad, de pura empatía y ecumenismo sino por razones de
conveniencia política, ya que los administradores están obligados a mostrar a
los Jueces que “las cosas salen bien”. Sostener el orden y las apariencias es
conveniente para todos los actores involucrados, que sin desearlo se vuelven
interdependientes. En suma, según las coyunturas, todos sacan provecho en
distinta medida.
Con lo descripto y argumentado hasta aquí, apreciamos cómo
las cosas sagradas operan en las fronteras y cómo el sistema de objetos es
preponderante en la construcción de experiencias devocionales. La puesta en
relación de las mercancías religiosas, las pinturas, los tatuajes, las
prácticas y los significados nos ayudaron a comprender la dinámica compleja,
ambigua y contingente en las que se producen la moralidad y las relaciones
liminares de interdependencia.
Consideraciones finales
Hemos
comprendido las pinturas altares como expresiones estéticas que advierten de un
sentimiento de pertenencia religioso. La producción de imágenes y las tareas de
mantenimiento son concebidas como prácticas de sacralización con las que se
elaboran formas de integración, acentos y clivajes dentro de la población y con
las que se establecen nexos y fronteras con el personal institucional. Bajo los
factores institucionales expuestos, las imágenes altares y las prácticas de
sacralización no son accesorios o epifenómenos, son dimensiones de la vida
religiosa que traban correlación con lógicas estéticas, aspiraciones y con
repertorios morales más amplios que son corporizados y actuados por los
sectores populares. Por ello, queda en evidencia cómo la situación de semi
libertad constriñe y habilita las experiencias devocionales de los seres
liminares. A lo largo del trabajo, apreciamos cómo dichas imágenes poseen rasgos
singulares en sus diseños, siendo el producto de sensibilidades y gustos
estéticos situados—parcialmente implícitos— que definen qué y cómo deben
mostrarse las cosas dentro de la economía visual. En este sentido, las lógicas
espaciales y los repertorios morales se articulan de modo flexible permitiendo
que los seres liminares actúen,
recreándolos de la mejor manera posible en función de los dilemas y las
circunstancias.
Dentro de las habitaciones, estos espacios íntimos que pueden ser activados con las prácticas de sacralización cada vez que sea necesario dependiendo de los dramas y obstáculos diarios. Lo expuesto evidencia la positividad de la pragmática espiritual de este grupo de internos para crear espacios relacionales e intersubjetivos constitutivos de la experiencia devocional; pragmática que les permite otorgar sentido e interpretar la experiencia conflictiva y ambigua de semi libertad.
Por
último, se mostraron algunas tensiones sociales sobre qué, cómo y en dónde
pueden ser visibilizadas las materialidades religiosamente marcadas dentro del
espacio institucional. Sin embargo, en esta economía visual sobre lo que
muestra públicamente las creencias y las cosas se complementan sin mezclarse.
El catolicismo que se muestra en público, el Gauchito Gil que se muestra en
privado y el “evangelio que se vive” son expresiones carismáticas que están
moralmente jerarquizadas, pero se complementan en el marco de un reconocimiento
institucional ambivalente que las integra sin confundirlas, resaltándola importancia
que tiene la “fe” en esta fase final del castigo. En definitiva, la tolerancia
y el “respeto” por la “fe” del “pibe” integran la tarea de gobernar mediante
las negociaciones sobre cómo y dónde deben habitarse las creencias. En efecto, mirando a través de lo material encontramos que
la división de las posiciones jerárquicas y subalternas entre actores sociales
sirve de modelo para las formas de clasificación, diferenciación y valoración
que se proyectan en los órdenes espaciales.
Notas
(1) Según los datos a los cuales
tuvimos acceso, estas caratulas principalmente son: Homicidio, Homicidio
agravado, Robo, Robo agravado con o sin tentativa de homicidio y Robo agravado
en poblado y en banda.
(2) En los
estudios recientes hallamos experiencias que abarcan desde los pabellones
evangélicos (Andersen, 2012) y sus
disputas con la iglesia católica (Algranti, 2013), pasando por la construcción del orden social carcelario a partir
del “dispositivo religioso evangélico
pentecostal” (Manchado, 2016 y 2019), las formas de protección y cuidado
(Krmpotic y Vallejos, 2018), el estudio de las resistencias a los modelos de
orden carcelario y espiritual que proponen los evangélicos (Manchado, 2017)
hasta las implicancias de los programas de rehabilitación confesionales para
jóvenes (Míguez, 2000 y 2002). Incluso, destacamos el aporte epistemológico de
Gialdino (2017) para asir los distintos aportes y resultados de las
investigaciones sobre religión en contextos de encierro.
(3) Si bien el Gauchito Gil tiene circulación
masiva, siendo transversal y diferencialmente reapropiado por un segmento de la
clase media e incluso, por algún custodio de la institución, tal como se
mostrará, en este contexto al santo se le proyectan categorías de la moral
convencional y del orden legal. Por ello, en el discurso institucional las
imágenes son asociadas a la moralidad del mundo delictivo (Míguez, 2012) y con
lo “tumbero”, por tanto sugiere un vínculo con lo desacreditado, lo desviado y
peligroso que hay que transformar con intervenciones y discursos
especializados.
(4) A modo de hipótesis, esto
podría estar vinculado a las características ambivalentes y liminares del mito
de origen del santo. La ambigüedad del santo atrae a devotos de diferentes
clases sociales y a jóvenes adultos catalogados como infractores de la ley. En
este caso, el Gauchito es un fenómeno relacional cuyo significado está
relacionado con el género, la edad y la clase social. Al ser ambiguo,
vehiculiza tanto los valores convencionales como los del crimen. Considerando
esta “moral dualista” (Míguez, 2012, p. 53), cualquier devoto podría
solicitarle al santo protección, prodigios y éxito en un robo, así como también
el milagro del amor correspondido.
(5) El etnónimo “empapelar” o “mandar
tinta” se utiliza para describir los informes elaborados por los equipos
técnicos y directivos, en los cuales se exponen las faltas cometidas por los
internos ante los Juzgados. Siguiendo la perspectiva de Foucault (2008), esto
implicaría las “reglas del juego” y los “juegos de verdad” que se establecen a
través de los informes entre esta institución y el sistema judicial.
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